Desde que se elabora el informe, nunca antes hemos dispuesto de unas existencias de vino al cierre del mes de enero tan bajas como las de este año. 44.505.996 hectolitros de los que 42.389.907 se encuentran en manos de productores que elaboran al menos mil hectolitros. Lo que, atendiendo a la ley de la oferta y la demanda, debería estar provocando ciertas tensiones en los precios de los vinos.
Situación que, en términos generales y para el conjunto de nuestro país, no está sucediendo. Es verdad que las cotizaciones de los vinos tintos, los que más llevan sufriendo en los últimos años, parecen haber tocado fondo y su recuperación podríamos decir que acompaña a unos datos de consumo esperanzadores. Aun así, variaciones muy alejadas de lo que debiera corresponderse con unos niveles de existencias tan bajos.
Por no insistir, sobre el tema de la vendimia en verde solicitada por algunas Comunidades Autónomas, y aceptada por el Ministerio de Agricultura. Y que, vistos los datos en cifras absolutas, no se entiende.
Pero, en unos momentos en los que se plantean tantas incertidumbres sobre los efectos que acabe pudiendo tener la guerra comercial desatada por el presidente Trump sobre el mercado mundial y el jaque en el que está poniendo a la globalización de la economía; por la que tanto ha apostado Europa, y tan transcendental resulta el sector vitivinícola español; merecen especial atención dos asuntos.
Uno, por alusiones: la fuerte caída del consumo que se viene produciendo en Estados Unidos desde junio del 2023. El que, si bien en un primer momento, se temió pudiera estar relacionado con la pérdida de interés de los consumidores americanos por el vino. Hoy, con el suficiente recorrido temporal y la información que disponemos de las cifras macroeconómicas de este país, podemos asegurar que no se trataba de un problema de producto, ni de consumo. Las raíces del problema eran mucho más profundas, encontrándose en una importante pérdida de renta de las economías domésticas.
El segundo lo encontraríamos en los vinos tintos. Condenados por muchos “expertos” en los últimos tiempos por carecer de la frescura, ligereza y facilidad de consumo como la que disfrutan blancos y espumosos. Y cuyas cifras estimadas de consumo aparente, demuestran una recuperación que podríamos calificar, dado el tiempo en el que está produciéndose, más de nueve meses, de sólida. Aunque su reflejo en las cotizaciones no esté teniendo toda la correlación deseada.